
Mucho, se ha hablado de cómo salir de la mediocridad reinante en el planeta. Por ejemplo, Cristo dejó como legado el amor al prójimo. Por otro lado, Buda afirmó con contundencia que el origen de los males del mundo era el ser apegados, ganándose así el apodo (el remoquete) del “iluminado”. El problema es que, si somos muy egoístas, nos centramos en nosotros mismos y no podemos sentir la alegría del darnos a los demás. Y por supuesto, no irradiamos luz sino oscuridad. No hay generosidad tanto espiritual como material. Hay muchas personas que no se esfuerzan por ser más transparentes, tranquilos y defensores de la noción de la justicia, pues están inmersos en el materialismo y el apegamiento. Es decir, esta clase de individuos no entienden que el compartir es más importante que el competir. Obviamente, eso se traduce en saber el cómo conseguir bastante dinero, pero en detrimento de la espiritualidad. En conclusión, necesitamos líderes moderados, que se comporten de una manera diamantina, justa y amorosa para evitar la ambición, el orgullo, el sadismo, el matoneo (bullying), la promiscuidad, y todos los males provenientes de la falta del equilibrio y la moderación, alejándose del justo medio de Aristóteles.
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