Todos hemos escuchado la palabra y adjetivo: generoso(a). Se asocia con el ser dado a los demás. El libro “Nuevo Larousse Básico” lo define como aquella persona, “que se sacrifica por el bien del otro, dotado de sentimientos nobles o magnánimos.” Claro, el llegar a ser un individuo generoso puede ser el resultado de una buena educación (medio ambiente favorable) y también por la genética. Se relaciona opuestamente con sus antónimos (avaro, apretado, creído, apegado), que son defectos graves de carácter y personalidad. Además, el no estar consciente de que mientras estamos vivos la gente necesita de nosotros y viceversa, es deplorable, censurable y reprochable. Muchas organizaciones son sin ánimo de lucro y dependen de la ayuda externa de aportantes para cumplir su labor humanitaria de una manera eficiente y generosa. Por ejemplo, dar dinero, comida, objetos a entidades que apoyan a los niños abandonados y huérfanos, como es la Unicef (una entidad de la Organización de las Naciones Unidas) es un buen lugar para aprender a desapegarse de lo que nos sobra y sentirnos útiles a la sociedad. Sin embargo, hay gente muy rica que cuando le piden dar una cantidad mínima de plata (25 centavos de dólar (a quarter)), se aterran, se enfurecen y se sienten extrañados y regañan a la persona de una fundación, y también, miran por encima del hombro al vagabundo, al habitante de la calle, pues supuestamente son superiores y tienen dinero gracias a los designios de nuestro amigo incondicional, Dios. Por supuesto, ellos (ellas)piensan que los otros terrestres pobres se merecen su condición de todas formas. ¡Es simplemente culpa de ellos!
La generosidad tiene dos fases (aspectos): La generosidad material y la generosidad espiritual. La generosidad material es proporcionarle desinteresadamente ayuda material, como el dinero, dar ropa en buen estado, que uno ya no necesita, regalar objetos importantes para uno, que podrían tener mucho significado para otras personas y así sucesivamente. La persona caritativa recibe mucho, pues cada vez que se muestra generosa, se desapega aún más. El apego trae consecuencias graves tarde que temprano. Pues, la vida con el destino te lleva a lugares existenciales pesados. De pronto, ya es tarde para enmendar muchos errores que cometimos contra la ética del conglomerado humano. Siempre, hay un tiempo preciso para todo. No obstante, la vida nos da muchas oportunidades para mejorar nuestro estado mental mediocre. Asimismo, la generosidad espiritual, es mantener relaciones constructivas con los otros individuos, pues enriquecen nuestras vidas. Por supuesto, si hay que mostrarse indiferente ante los amigos tóxicos del pasado y los conocidos, siempre hay que guardar el sentido del perdón y de la diplomacia. No somos más ni menos que los demás; Ante el Creador y el Universo todos somos iguales. Es decir, todos merecemos ser bien tratados como quisiéramos que nos trataran. Cuando hablamos de la generosidad espiritual, también nos referimos a que debemos respetar la opinión del otro y valorarla, mientras traiga bienestar para todos. Por el contrario, si la propuesta del prójimo “trae veneno” es preferible alejarse del sujeto y decirle bien claro, que esto no es provechoso para nadie. Si la persona no es capaz de enfrentar al enemigo directamente, debe utilizar la indiferencia, y no darle importancia a quien no lo merezca. Lo interesante de este instrumento o activo psicológico es que dejamos de pensar en el otro. Y, en consecuencia, el otro se reduce a la mínima expresión, como los números quebrados de las matemáticas. Obviamente, no hay ninguna razón para ponerle más fuego a las diferencias existenciales de la gente, que reacciona de una manera virulenta. Al desapegarnos de las relaciones venenosas, nuestro ser se vuelve más especial e integral. No somos perfectos, pero sí equilibrados. Por supuesto, “nos quedamos solos” y aprendemos a conocer la soledad, que es muy útil para el desarrollo de las cualidades de la perseverancia, la introspección y la fortaleza.
La soledad es un estado que nos ayuda a conocernos a nosotros mismos. De hecho, mucha gente no sabe que hacer cuando se aleja (muere) un ser muy querido, próximo y significativo, pues realmente le tiene pavor al estar solos. No obstante, la soledad es buena consejera, pues si se coge el camino del autoconocimiento, trae el mejoramiento de nuestras personalidades y esto embellece el entorno. Realmente, para comprender la gran parte positiva de la soledad es poder perseverar y aguantar la lejanía con otros humanos y buscar conocidos para poder interactuar y no quedarse completamente solo y así seguir en la lucha existencial. Como lo afirmó Bertolt Brecht:
Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero, los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.
Por lo tanto, aunque uno puede pasar ratos amargos con melancolía, tristeza y depresión, siempre habrá ese alguien que surge de la nada para paliar y acompañarnos en el camino vivencial. El haber experimentado momentos difíciles en el pasado implica que muchas veces somos mucho más fuertes en el presente. A su vez, en el hoy y en el ahora puede surgir un sendero prometedor, que es fruto de nuestra introspección y de actuar con coherencia.
Una de las maneras para conseguir a (mediano) largo plazo la generosidad espiritual, es posible poniéndose en los zapatos del otro. Es comportarse de una manera digna, relajada y tranquila hacia los demás, pensando que la otra persona es desde cualquier punto de vista civilizado igual que nosotros. Ya lo decía el gran escritor William Shakespeare en su libro de dramaturgia: “El Mercader de Venecia” a través de su personaje Shylock:
Me servirá de cebo en la caña de pescar. Me servirá para satisfacer mis odios. Me ha arruinado. Por él he perdido medio millón: él se ha reído de mis ganancias y de mis pérdidas: ha afrentado mi raza y mi linaje, ha dado calor a mis enemigos y ha desalentado a mis amigos. Y todo ¿por qué? Porque soy judío. ¿Y el judío no tiene ojos, no tiene manos, ni órganos, ni alma, ni sentidos, ni pasiones? ¿No se alimenta de los mismos manjares, no recibe las mismas heridas, no padece las mismas enfermedades y se cura con iguales medicinas, no tiene calor en verano y frío en el invierno, lo mismo que el cristiano? Si le pican ¿no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿No se muere cuando lo envenenan? Sí lo ofenden, ¿no trata de vengarse? Si en todo los demás somos tan semejantes, ¿Por qué no hemos de parecernos en esto? Si un judío ofende a un cristiano, ¿no se venga éste, a pesar de su cristiana caridad? Y si un cristiano a un judío, ¿qué enseña al judío la humildad cristiana? A vengarse. Yo os imitaré en todo lo malo, y para poco he de ser, si no supero a mis maestros.
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