La incertidumbre es un estado, que los humanos experimentamos. Primero, no sabemos claramente el porqué estamos aquí. La misión de nuestra vida puede estar bien oculta. Por supuesto, si teníamos vocaciones de geógrafos, historiadores, psicólogos, ingenieros… cuando éramos niños, ahora somos escritores, periodistas, políticos, ingenieros electrónicos… Y claro, ni sabemos el futuro cercano, ni el lejano, ni el destino de nuestra pareja sentimental y si pensamos que la plata se va acabar algún día y que algún día nuestros familiares nos van a enviar a un ancianato, a un hogar para la tercera edad, el mejor remedio es no vivir ese futuro… Además, no sabemos si vamos a morir en un accidente automovilístico, de una enfermedad rara, o de un dolor existencial mediante un suicidio… La realidad es que no vivamos el día mal vivido, con el pasado y el futuro rondándonos en la cabeza, sino el presente proyectándonos hacia el porvenir. Y si es absolutamente necesario recordar el pasado, para no cometer errores fatales, que no vale la pena volver a recrear. ¿Cuándo llegará el día que nos autoanalicemos, nosotros mismos, sin caer en el exceso, pero regularmente para mejorar nuestro desempeño como seres terrenales? Seamos justos con nosotros mismos. El problema con la incertidumbre es que queremos evitar la maluquera de no poder controlar lo que pasa. Por eso, si nuestro destino parece ser otro, al que quisiéramos enfrentar y vivir, deberíamos abortar ideas y planes, que no tienen nada que ver con nuestra esencia y conciencia.
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