Hay individuos que parecen que los años no les pasan. No es porque encontraron la supuesta fuente de la “eterna juventud” de Ponce de León, sino porque están atados a ciertos paradigmas y verdades, que, aunque nocivas, no están dispuestos a dejarlas a un lado. Es como si el tiempo estuviera congelado. Estas personas se miran en el espejo y siguen nostálgicos por aquellos momentos del pasado, en los cuales, eran vigorosos, muy inteligentes, y que podían hacer de todo. Con el trascurrir de los años, a pesar de que la incertidumbre, las dolencias y las inconsistencias por doquier, siguen algunos de estos entes creyéndose las últimas Coca-Colas del desierto. Por supuesto, este fenómeno produce una profunda hilaridad. Por ejemplo, la autocrítica, que diferencia a la gente más sabia, de los que yo llamo “ellos mismos”, muestra la vida superflua de los que eran inteligentes, y ahora están inmersos en su ser en las cuestiones de la rutina diaria. Para ellos, el próximo día no es el momento para descubrir cosas y buscar el equilibrio mental, sino simplemente un día más, para lograr lo vano y lo placentero. Es preferible perder un poco de Coeficiente Intelectual y estar tranquilos por una introspección bien llevada. En otras palabras, si uno es persistente en la lucha por un gran objetivo (una meta) debe tener en cuenta que debe liberarse del odio y la rabia interna, y la obsesión de ser superior a los demás. Uno es igual ante el Dios personal y el Universo; sin embargo, cada uno debería mostrar su esencia y su sello personal trascendente. Somos irrepetibles. Pero, está en nosotros dejar la mediocridad y las mentiras solapadas. Hay que tratar bien a los otros humanos.
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