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Pues bien, ante los ojos incrédulos de los expertos en espiritualidad, el ser humano en general no aprendió la lección implacable de la naturaleza
Estamos en 2026, varios años después del inicio de la pandemia de covid-19. Algunas personas creyeron que el aislamiento en nuestros hogares nos llevaría a convertirnos en seres humanos más conscientes, solidarios y civilizados. Sin embargo, al observar nuestro comportamiento colectivo, cabe preguntarse cuánto aprendimos de aquella experiencia.
Hoy seguimos presenciando conflictos internacionales que parecen alejarnos de esa transformación. El Reloj del Juicio Final, una advertencia simbólica sobre los riesgos que enfrenta la humanidad, nos recuerda la urgencia de actuar. Aun así, muchas veces continuamos con nuestras rutinas como si nada ocurriera.
¿En qué pienso, entonces? En las antiguas civilizaciones que buscaron comprender tanto el mundo exterior como la vida interior. Considero que no siempre apreciamos el valor cultural y simbólico de sus mitos, ni exploramos suficientemente su diálogo con el pensamiento racional.
Podríamos promover un mayor encuentro entre el razonamiento lógico y el pensamiento analógico: entre analizar mediante argumentos y comprender mediante comparaciones, símbolos y relaciones. Ambas formas de pensar pueden enriquecer el aprendizaje, siempre que sepamos distinguir una interpretación simbólica de una explicación respaldada por evidencias.
Desde la secundaria, los estudiantes deberían tener oportunidades para analizar de manera constructiva diferentes disciplinas y buscar sus puntos de encuentro. La educación puede estimular un pensamiento crítico que también sea respetuoso, capaz de reconocer matices, diferencias y semejanzas.
Por ejemplo, no deberíamos descalificar las prácticas de otras culturas simplemente porque nos resultan desconocidas. Una explicación contextualizada puede ayudarnos a comprender sus costumbres y formas de interpretar el mundo. Comprenderlas tampoco nos obliga a compartirlas: podemos examinarlas con respeto y mantener nuestro propio criterio.
Asimismo, conviene animar a los jóvenes a explorar temas para los cuales todavía no han desarrollado suficientes habilidades. A largo plazo, esta apertura puede ayudarles a ser más flexibles y moderados. He ahí una idea destacable: el justo medio propuesto por el filósofo griego Aristóteles.
Cada persona aprende a su propio ritmo. Por eso, debemos cultivar la perseverancia, la generosidad espiritual y material, la asertividad y la iniciativa. También necesitamos reconocer lo bello e interesante que existe en nuestro interior y aprender de nuestras propias sombras, entendidas como aquellos aspectos de nosotros mismos que nos cuesta aceptar.
En una sociedad civilizada, todos aprendemos de todos. El problema aparece cuando el reconocimiento social depende más de nuestra relación con los dispositivos tecnológicos que de nuestra capacidad para pensar, escuchar y convivir.
Necesitamos recuperar espacios de autonomía frente al computador y al celular. Podríamos avanzar hacia lo que llamaría una «Nueva Era Humana Tecnológica»: una etapa en la que el desarrollo tecnológico esté acompañado de sensibilidad, criterio y responsabilidad.
Para lograrlo, es fundamental desarrollar una forma de pensar que permita abordar las diferencias sin convertirlas automáticamente en confrontaciones.
Los docentes tienen un papel esencial en este proceso. Conocer distintas corrientes de pensamiento y mantener la curiosidad por otras disciplinas puede enriquecer su enseñanza y ampliar los horizontes del alumnado.
Imaginemos a un profesor de álgebra capaz de factorizar mentalmente un polinomio muy complejo, pero que desconoce las capitales del Reino Unido y de Francia. Este ejemplo invita a reflexionar sobre los límites de una formación excesivamente especializada. Nadie está obligado a saberlo todo, pero todos podemos reconocer lo que desconocemos y conservar el deseo de aprender.
Algo parecido puede ocurrir con nuestras lecturas. Quien disfruta de la física, la astrofísica o la astronomía puede profundizar en ellas y, al mismo tiempo, acercarse a la filosofía, la historia, el arte o las tradiciones de otras culturas. Ampliar los intereses también es una manera de salir de la zona de confort.
La astrología, por ejemplo, puede estudiarse como una tradición cultural y simbólica. Su significado para quienes la practican merece ser comprendido dentro de su contexto. Sin embargo, ese valor cultural no equivale a una validación científica de sus afirmaciones.
Desde una perspectiva astrológica, las posiciones de los astros en el momento y lugar del nacimiento se interpretan como elementos relacionados con la vida de una persona. Para algunos, esa interpretación ofrece un sentido espiritual o un propósito. Conviene presentar esta idea como una creencia, sin afirmar que determina de manera comprobada el destino humano.
Podemos cuestionar una afirmación sin descalificar a quien la sostiene. Del mismo modo, reconocer que existen límites y preguntas abiertas en las distintas disciplinas no significa que todas las explicaciones tengan el mismo respaldo.
Tal vez el aprendizaje que necesitamos consista en mantener juntas la curiosidad, la sensibilidad y la capacidad de examinar nuestras ideas. Una sociedad más humana se construye también cuando aprendemos a escuchar, a reconocer nuestros límites y a convivir con las diferencias.
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